Su rúbrica, apelmasada y vacilante sellaba, como beso de su boca, la carta, la epístola de un rehén. Imprecó en varias oportunidades su sustancia, su presencia cualificada.
"Sírvase este manojo de palabras, esta bouquet y el gris plomo de estas ojeras. Sin dormir escribo, sin sonreir construyo este juntar de palabras.
La ausencia es su determinación, los espacios vacíos, los llantos, su malsana manera de hacerme extrañarla.
¿Cómo se atreve? ¿Quien le dio el permiso de profanar así mi vida?
No pretendo más, sólo llegar, sólo alcanzar con esta saeta ese blanco que será su corazón. "
Demos por sentado, jamás recibió respuesta ni su corazón.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Epístola desanimada
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